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La paradoja que propone este nuevo arte es radical, tanto como su lectura inversa en el espejo sin luz del presente: que la obra de arte se contemplase como detritus de la fuga de lo humano, no ya de su historia, reducida a mero pasar sin sentido, que dejase un reguero de restos; y los museos -templos falsos de una fe que nunca habría habido- como acumulaciones escandalosas de lijo infértil. Si la obra y su recogimiento no son vividos en su real potencialidad, no alcanzan la categoría de herencia cultural, de conocimiento acumulado, de saber transmitido, y quedan en montón putrefacto de restos.
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“Como lingüista extiendo el mundo del lenguaje, de la comunicación no sólo verbal, sino también plástica. El arte puede ser un lenguaje y siento que, en la actualidad, se encamina hacia esa finalidad. En la época en que vivimos se acusa una fuerte falta de comunicación y no hay que descartar el arte como posibilidad de lenguaje, como fuerte y poderosa vía de comunicación.“ Marta Soriano Pero cara a cara, y no ya en ese espejo negro, la paradoja de este nuevo arte, del que Marta Soriano es representante, nos dice: porque esto no es aún del todo así, para que no sea definitivamente así... y comienza un discurso que se construye con esos escombros, basuras y restos, que se reconvierten y ofrecen como signos del tiempo cuyo significado no ha sido, no ya consumido, ni siquiera atendido en su pleno sentido humano, señas de la historia reemprendida como viaje a través de un paisaje que debe ser constantemente elaborado, creado, para que su destino, cumplido en cada momento, resulte de esa intención plenamente humana. Pues el acto, su producto y su despliegue han de ir a realizar esa potencialidad en una tensión constante de total actualización, para que el mundo en cada momento de su devenir tienda a alcanzar sentido, venga a ser. Marta Soriano quiere con su arte mostrarnos que con las cosas que hacemos nos hacemos, hablamos y nos decimos, nos definimos y vamos siendo, y pretende dominar ese hacer y decir, configurar la acción de ese habla, al dotarla de una gramática, de una sintaxis, de una retórica, de una pragmática... para que luego con ella podamos decir y hacer, hacernos al decirnos, según una estética y una ética, voluntad y sensibilidad, en algún propósito integrado del mundo. Es decir, que pretende construir un lenguaje plenamente humano al direccionarlo y señalarle una orientación desde ahora, para prevenir y evitar aquel futuro, para prevenir y procurar otro. Quiere la transmutación del estruendo actual en discurso, y esto lo procura mediante el trabajo en el taller artístico, en el laboratorio alquímico. Así, el brujo-artista se presenta también como sanador, al discriminar y remezclar y dosificar los venenos para obtener una medicina, y se trata por tanto también de un arte homeopático
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