![]() |
![]() |
| CUADROS | ESCULTURAS |
![]() |
![]() |
| MOBILIARIO | OBJETOS FUNCIONALES |
|
Arte y detritus. Alquimia total. Transmutación de la basura en belleza, metamorfosis de la materia inerte en señal del espíritu. Porque aquí todo va a ir por la senda de la paradoja, y por la paradoja intentaremos dar con el sentido. Marta Soriano es una nueva artista de ese nuevo arte de lo viejo, hecho con materiales así reciclados, que por el arte ingresan en un nuevo ciclo de expresión, de significación y de función. De expresión, pues lo obsceno por presuntamente feo y amorfo, se reintroduce bajo nueva forma sensible de manifestación estética. De significación, pues lo arrojado al estrépito ensordecedor de la escombrera se retoma para que vuelva a hablar, con un nuevo metalenguaje fundado sobre el lenguaje desarticulado del tiempo. Lo desechado por inútil en el proceso cada vez más acelerado de obsolescencia planificada, se recupera para mostrar sus posibilidades de servicio en un nivel más alto de funcionalidad, que pide un nuevo entendimiento de los conceptos de producción y de uso, de función y de consumo. La paradoja que propone este nuevo arte es radical, tanto como su lectura inversa en el espejo sin luz del presente: que la obra de arte se contemplase como detritus de la fuga de lo humano, no ya de su historia, reducida a mero pasar sin sentido, que dejase un reguero de restos; y los museos -templos falsos de una fe que nunca habría habido- como acumulaciones escandalosas de lijo infértil. Si la obra y su recogimiento no son vividos en su real potencialidad, no alcanzan la categoría de herencia cultural, de conocimiento acumulado, de saber transmitido, y quedan en montón putrefacto de restos. Porque esa conciencia no se vive y su voz no se atiende, el mundo que se está haciendo es feo, ruidoso, brutal. Es otras cosas, pero es sobre todas eso, que a los demás tiende a cubrir, y no en metáfora: cementerios de residuos se edifican por doquier, y las ciudades se extienden en montañas de escombro, sobre sí y más allá de sí mismas, hasta el punto de que en algunos lugares unos y otras ya no se distinguen. Si hubo un movimiento de civilización, se ha transformado en otra especie de dinámica geológica, de temblor telúrico, turba el hombre de un paroxismo titánico que lo posee. He ahí la próxima civitas total, la nueva ciudad-todo, babel nefanda el eco de cuyo caótico parloteo será lo que mañana resuene, cáncer proliferante que más vive cuanto más expande su propia muerte, túmulo gigantesco bajo el que a sí misma la urbe se entierra. Pero cara a cara, y no ya en ese espejo negro, la paradoja de este nuevo arte, del que Marta Soriano es representante, nos dice: porque esto no es aún del todo así, para que no sea definitivamente así... y comienza un discurso que se construye con esos escombros, basuras y restos, que se reconvierten y ofrecen como signos del tiempo cuyo significado no ha sido, no ya consumido, ni siquiera atendido en su pleno sentido humano, señas de la historia reemprendida como viaje a través de un paisaje que debe ser constantemente elaborado, creado, para que su destino, cumplido en cada momento, resulte de esa intención plenamente humana. Pues el acto, su producto y su despliegue han de ir a realizar esa potencialidad en una tensión constante de total actualización, para que el mundo en cada momento de su devenir tienda a alcanzar sentido, venga a ser. Marta Soriano quiere con su arte mostrarnos que con las cosas que hacemos nos hacemos, hablamos y nos decimos, nos definimos y vamos siendo, y pretende dominar ese hacer y decir, configurar la acción de ese habla, al dotarla de una gramática, de una sintaxis, de una retórica, de una pragmática... para que luego con ella podamos decir y hacer, hacernos al decirnos, según una estética y una ética, voluntad y sensibilidad, en algún propósito integrado del mundo. Es decir, que pretende construir un lenguaje plenamente humano al direccionarlo y señalarle una orientación desde ahora, para prevenir y evitar aquel futuro, para prevenir y procurar otro. Quiere la transmutación del estruendo actual en discurso, y esto lo procura mediante el trabajo en el taller artístico, en el laboratorio alquímico. Así, el brujo-artista se presenta también como sanador, al discriminar y remezclar y dosificar los venenos para obtener una medicina, y se trata por tanto también de un arte homeopático. Pequeñas muestras del inmenso basurero industrial -tornillos y tuercas, circuitos impresos, fragmentos de vidrio, plástico, cartón- al ser recompuestos con una intención estética, comunicatica y, a veces, también funcional, inoculan en nosotros a través de la contemplación pequeñas dosis del mal que ahora actúen como principio sanador: el reclamo de una nueva atención, el despertar de una nueva conciencia, el nacimiento de una nueva sensibilidad. Se rebusca lo que ni se perdió, pues no se tuvo; se rehace lo que ni se deshizo, pues no se realizó; se reconstruye lo que ni se derribó, pues no se había edificado. Con los desechos deshechos se viene a constituir valor. Si durante siglos el artificio ha obrado sobre la naturaleza para su humanización, sin llegar a alterarla esencialmente; y la naturaleza era el principio rector del artificio, que aparecía como su despliegue humano, todo esto hoy se ha quebrado: la naturaleza en su aspecto más inmediato, ecosistema de lo humano, casa del hombre, pero casa exterior e interior- está siendo aniquilada en aras de una transformación sin norte. Y la tecnología, en un nivel de desarrollo que supone un cambio cualitativo, se presenta como "nueva naturaleza", y en sus estado primigenio se manifiesta desatadamente, geología sísmica y volcánica, selva primordial. Lo tecnológico en tanto "nueva naturaleza" no es sólo ni principalmente la máquina cibernética, sino una nueva disposición del hombre ante sí, su mundo y su cosmos. Así, objeto y sujeto del arte tradicional también han desaparecido, sin que todavía hayan devenido otros en quienes nos podamos reconocer, y en un hábitat propio. En ningún lugar puede poner los ojos el hombre-artista con luz suficiente, ni hay principio rector de su mirar-hacer. ¿No será pues urgente empezar a rehumanizar esa nueva naturaleza, dentro y fuera del propio ser humano, comenzar nuestra propia rehumanización en esa naturaleza nueva? Quizás Marta Soriano, como artista del detritus neo-industrial es uno de los modos del inicio del movimiento de reintegración de lo tecnológico a lo humano, en el sentido que el tiempo ya exige. Al principio, ahora, de esta forma más simple, recogiendo lo arrojado como resto - pues fue producido para ser resto de inmediato, en un proceso de construcción para la destrucción - para traerlo a la posibilidad necesaria de la contemplación estética, de la realización espiritual, del cumplimiento del ser. Y quizás, por lo tanto, hablar de "nuevo arte" no sea una exageración, pues un arte nuevo de un nuevo hombre en una nueva naturaleza sea lo que se persiga desde este momento inicial. Si, como es de esperar, se produce la reacción que aquí se reclama, y se da el paso de evolución necesario, en las futuras incavaciones de la arqueología y de la antropología de la basura de la era industrial y de las deyecciones del hombre tecnológico, se recogerán las pruebas de la violencia estulta con que el ser humano tendió un tiempo a ser, con el mundo, víctima de sí mismo. Pero los titanes del centro de la tierra se reencuentran consigo mismos en los adentros de lo humano, lo telúrico encuentra lo telúrico en un bucle en que está inserto el hombre, lo nuclear choca con lo nuclear: un nuevo chispazo de vida, o el resplandor íntimo de lo final. La destrucción o el amor. El arte de Marta Soriano protesta, a veces tan inocentemente, que lo uno es posible si lo otro es evitable. La construción y el amor. “En buena medida, eres lo que haces. Y si le dedicas a tu trabajo tanta energía e ilusión, tanto esfuerzo, acabas creciendo de forma paralela.” La paradoja que propone este nuevo arte es radical, tanto como su lectura inversa en el espejo sin luz del presente: que la obra de arte se contemplase como detritus de la fuga de lo humano, no ya de su historia, reducida a mero pasar sin sentido, que dejase un reguero de restos; y los museos -templos falsos de una fe que nunca habría habido- como acumulaciones escandalosas de lijo infértil. Si la obra y su recogimiento no son vividos en su real potencialidad, no alcanzan la categoría de herencia cultural, de conocimiento acumulado, de saber transmitido, y quedan en montón putrefacto de restos. Porque esa conciencia no se vive y su voz no se atiende, el mundo que se está haciendo es feo, ruidoso, brutal. Es otras cosas, pero es sobre todas eso, que a los demás tiende a cubrir, y no en metáfora: cementerios de residuos se edifican por doquier, y las ciudades se extienden en montañas de escombro, sobre sí y más allá de sí mismas, hasta el punto de que en algunos lugares unos y otras ya no se distinguen. Si hubo un movimiento de civilización, se ha transformado en otra especie de dinámica geológica, de temblor telúrico, turba el hombre de un paroxismo titánico que lo posee. He ahí la próxima civitas total, la nueva ciudad-todo, babel nefanda el eco de cuyo caótico parloteo será lo que mañana resuene, cáncer proliferante que más vive cuanto más expande su propia muerte, túmulo gigantesco bajo el que a sí misma la urbe se entierra. Pero cara a cara, y no ya en ese espejo negro, la paradoja de este nuevo arte, del que Marta Soriano es representante, nos dice: porque esto no es aún del todo así, para que no sea definitivamente así... y comienza un discurso que se construye con esos escombros, basuras y restos, que se reconvierten y ofrecen como signos del tiempo cuyo significado no ha sido, no ya consumido, ni siquiera atendido en su pleno sentido humano, señas de la historia reemprendida como viaje a través de un paisaje que debe ser constantemente elaborado, creado, para que su destino, cumplido en cada momento, resulte de esa intención plenamente humana. Pues el acto, su producto y su despliegue han de ir a realizar esa potencialidad en una tensión constante de total actualización, para que el mundo en cada momento de su devenir tienda a alcanzar sentido, venga a ser. Marta Soriano quiere con su arte mostrarnos que con las cosas que hacemos nos hacemos, hablamos y nos decimos, nos definimos y vamos siendo, y pretende dominar ese hacer y decir, configurar la acción de ese habla, al dotarla de una gramática, de una sintaxis, de una retórica, de una pragmática... para que luego con ella podamos decir y hacer, hacernos al decirnos, según una estética y una ética, voluntad y sensibilidad, en algún propósito integrado del mundo. Es decir, que pretende construir un lenguaje plenamente humano al direccionarlo y señalarle una orientación desde ahora, para prevenir y evitar aquel futuro, para prevenir y procurar otro. Quiere la transmutación del estruendo actual en discurso, y esto lo procura mediante el trabajo en el taller artístico, en el laboratorio alquímico. Así, el brujo-artista se presenta también como sanador, al discriminar y remezclar y dosificar los venenos para obtener una medicina, y se trata por tanto también de un arte homeopático. Pequeñas muestras del inmenso basurero industrial -tornillos y tuercas, circuitos impresos, fragmentos de vidrio, plástico, cartón- al ser recompuestos con una intención estética, comunicatica y, a veces, también funcional, inoculan en nosotros a través de la contemplación pequeñas dosis del mal que ahora actúen como principio sanador: el reclamo de una nueva atención, el despertar de una nueva conciencia, el nacimiento de una nueva sensibilidad. Se rebusca lo que ni se perdió, pues no se tuvo; se rehace lo que ni se deshizo, pues no se realizó; se reconstruye lo que ni se derribó, pues no se había edificado. Con los desechos deshechos se viene a constituir valor. Si durante siglos el artificio ha obrado sobre la naturaleza para su humanización, sin llegar a alterarla esencialmente; y la naturaleza era el principio rector del artificio, que aparecía como su despliegue humano, todo esto hoy se ha quebrado: la naturaleza en su aspecto más inmediato, ecosistema de lo humano, casa del hombre, pero casa exterior e interior- está siendo aniquilada en aras de una transformación sin norte. Y la tecnología, en un nivel de desarrollo que supone un cambio cualitativo, se presenta como "nueva naturaleza", y en sus estado primigenio se manifiesta desatadamente, geología sísmica y volcánica, selva primordial. Lo tecnológico en tanto "nueva naturaleza" no es sólo ni principalmente la máquina cibernética, sino una nueva disposición del hombre ante sí, su mundo y su cosmos. Así, objeto y sujeto del arte tradicional también han desaparecido, sin que todavía hayan devenido otros en quienes nos podamos reconocer, y en un hábitat propio. En ningún lugar puede poner los ojos el hombre-artista con luz suficiente, ni hay principio rector de su mirar-hacer. ¿No será pues urgente empezar a rehumanizar esa nueva naturaleza, dentro y fuera del propio ser humano, comenzar nuestra propia rehumanización en esa naturaleza nueva? Quizás Marta Soriano, como artista del detritus neo-industrial es uno de los modos del inicio del movimiento de reintegración de lo tecnológico a lo humano, en el sentido que el tiempo ya exige. Al principio, ahora, de esta forma más simple, recogiendo lo arrojado como resto - pues fue producido para ser resto de inmediato, en un proceso de construcción para la destrucción - para traerlo a la posibilidad necesaria de la contemplación estética, de la realización espiritual, del cumplimiento del ser. Y quizás, por lo tanto, hablar de "nuevo arte" no sea una exageración, pues un arte nuevo de un nuevo hombre en una nueva naturaleza sea lo que se persiga desde este momento inicial. Si, como es de esperar, se produce la reacción que aquí se reclama, y se da el paso de evolución necesario, en las futuras incavaciones de la arqueología y de la antropología de la basura de la era industrial y de las deyecciones del hombre tecnológico, se recogerán las pruebas de la violencia estulta con que el ser humano tendió un tiempo a ser, con el mundo, víctima de sí mismo. Pero los titanes del centro de la tierra se reencuentran consigo mismos en los adentros de lo humano, lo telúrico encuentra lo telúrico en un bucle en que está inserto el hombre, lo nuclear choca con lo nuclear: un nuevo chispazo de vida, o el resplandor íntimo de lo final. La destrucción o el amor. El arte de Marta Soriano protesta, a veces tan inocentemente, que lo uno es posible si lo otro es evitable. La construción y el amor. “En buena medida, eres lo que haces. Y si le dedicas a tu trabajo tanta energía e ilusión, tanto esfuerzo, acabas creciendo de forma paralela.” |